El pirata
El pirata —Estaba sin compañÃa, pero puede haber encontrado un compañero a la luz de la mañana.
—¡Bah! —replicó el oficial, sin aminorar el paso—. No hable como un niño ni me tome por tal. ¿Qué distancia podÃa avistar esa corbeta? Y ¿qué panorámica podÃa dominar a la luz del dÃa si se abrÃa paso hacia el Petite Passe donde se encuentra ahora? Las islas le ocultan dos tercios de mar, y justamente en la dirección por la que podrÃa aparecer la escuadra inglesa más cercana a la costa. ¡Menudo bloqueo! Nos pasamos dÃas y dÃas sin ver una vela inglesa y, de repente, cuando menos lo esperamos, se nos echan todas encima, dispuestas a comernos vivos. ¡No, no! No ha habido el viento suficiente como para traerle compañÃa. Pero, dÃgame, artillero, usted que se jacta de conocer todas las piezas inglesas por su estampido, ¿qué tipo de cañón fue el que disparó?
—Una pieza del doce —gruñó Peyrol—. La más pesada que puede cargar. Ese barco no es más que una corbeta.
—Bueno, entonces la dispararon para avisar a alguno de sus botes, que se encuentra a lo largo de la costa y fuera de su vista. Con una costa como ésta, llena de calas y promontorios, no hay nada extraordinario en ello, ¿no le parece?
—No —dijo Peyrol alargando el paso—. Lo que me parece extraordinario es que hayan destacado un bote.