La aventura

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CAPÍTULO IV

PERMANECÍ allí tendido, atado de pies y manos, durante algún tiempo; lo bastante para permitirme recobrar el juicio y apercibirme de lo estúpido que había sido al amenazar a O’Brien. Me había indignado bastante, eso sí. Para fastidio mío, me habían cubierto la cabeza con un saco y me habían llevado a un sitio seguro, en alguna parte. Parecía ser un sótano.

Yo iba buscando aventuras y allí estaban todos los elementos necesarios: españoles, un conspirador y un secuestro; pero no me podía sentir estúpido y romántico al mismo tiempo. La verdadera aventura, supongo, requiere una serie de emociones para extinguir todos los sentidos excepto el de la vista, que se nubla. Salvo la vista, de la que estaba completamente privado, podía utilizar todos los demás sentidos, los cuales no me aportaban más que sensaciones desagradables.

La cabeza me dolía y me daba punzadas dentro del saco, y tenía la boca llena de harina enmohecida cuyo olor irritaba mis fosas nasales; sentía toda la ignominia de mi situación y estaba sumamente enojado; podía darme cuenta de que el viejo Don estaba chocho… y sin embargo alimentaba sentimientos amargos contra Carlos.


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