La aventura
La aventura Un chasquido me hizo volver la cabeza y, a través de una puerta abierta, vi dentro del cuarto la pequeña llama azulada de una vela. Entonces se cerró la puerta con el típico ruido de las puertas que cierran para dentro. La llama brilló intensamente a través de los dedos que la protegían, iluminando de abajo arriba un rostro pequeño. Dejó de brillar momentáneamente y después vi salir de entre las sombras la silueta de una chica, inclinada sobre una mesa, mirando hacia arriba. Se oyó un chasquido de vidrio y a continuación una nueva llamarada dejó ver un montón de cosas brillantes: esculturas doradas, divanes de terciopelo rojo, una mesa y un techo bajo, pintado de blanco, sobre cabrios tallados. Un gran farol de plata que la joven había encendido empezó a balancearse siguiendo el lento movimiento del barco.
La chica estaba ahora frente a mí. Era la joven que había visto a través de la puerta, la joven que había visto jugar con unas pepitas de melón. Respiraba profundamente —me inquietaba estar solo con ella— y tenía en la mano una pequeña daga brillante.
Cortó las cuerdas que ataban mis tobillos y me indicó imperiosamente con la mano que me diese la vuelta.
—Deme las manos… ¡sus manos!