La aventura

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CAPÍTULO V

CUANDO desperté a la luz del sol, no encontré nada misterioso referente al barco. Era antiguo y lento, y más bien pequeño. Llevaba a bordo a Lumsden (patrón), a Mercer (segundo), a una tripulación que no parecía mejor ni peor que cualquier otra, y al viejo caballero que me había arrojado el cabo la noche anterior y que parecía creer que, al hacerlo, había atentado contra su dignidad. Era un tal comandante Cowper, que se había retirado de un regimiento de las Indias Occidentales, llevando consigo a su esposa y a una antipática chiquilla con una trenza amarilla, pecho plano y brazos huesudos.

En general no eran la clase de gente que uno elegiría por compañeros en un viaje de placer. La esposa del comandante Cowper, echada todo el día en una tumbona, se ocupaba alternativamente de atraerse y rechazar a la quejumbrosa chica. El comandante me hablaba de los escándalos de los que estaba lleno el mundo, sin dejar de mirar con recelo a su esposa. Empleaba toda la mañana en afeitarse las partes del rostro que no cubrían las canosas patillas y toda la tarde enumerándome los temas sobre los que se proponía escribir a la Guardia Montada. Se había vuelto totalmente amable, tal vez en virtud de que su esposa ignoraba mi existencia.


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