La aventura
La aventura El comandante Cowper blasfemaba abominaciones a mi lado. De pronto se puso a llamar a alguien:
—Baja… te digo que bajes.
El rostro de una mujer desapareció por la escotilla como la cola de un conejo metiéndose en su madriguera. Al largar las velas se oyó una serie de chasquidos y el barco avanzó. Al mismo tiempo la goleta, que ahora la tenÃamos a babor con sus velas más ligeras de sobrejuanete desaparejadas, viró por avante y mantuvo el rumbo, con su escota del trinquete a barlovento.
El comandante Cowper dijo que era un escándalo. El paÃs iba a la ruina porque la ley no obligaba a los buques mercantes a llevar cañones. Me balbuceó al oÃdo que ni siquiera habÃa a bordo un mortero de señales de dos peniques, ni apenas la suficiente pólvora para cargar una de sus pistolas de duelo. Iba a escribir a la Guardia Montada.
Una enseña azul y blanca, la bandera mexicana, ondeaba en lo más alto de la botavara de la goleta; dejaron caer al agua un bote. Todo sucedió muy rápido… no me dio tiempo a pensar. Vi correr al viejo Cowper hacia un costado del barco y apuntar su pistola por la borda; se oyó un inútil chasquido; el comandante hizo un gesto de disgusto y arrojó su arma a cubierta, inclinando la cabeza sobre el pecho con abatimiento.
—Gracias a Dios —dijo Lumsden—. Gracias a Dios.