La aventura
La aventura SUBÍ de nuevo a cubierta. En la popa, una veintena de hombres habían rodeado al comandante Cowper; por encima de sus espaldas dobladas se les veía sacudir hacia delante y hacia atrás la cabeza blanca de aquél; le habían quitado su viejo uniforme y se disputaban los botones. Sólo me dio tiempo a gritarle: «Su esposa está allí abajo, ¡se encuentra perfectamente bien!», cuando de pronto caí en la cuenta de que Tomás Castro echaba pestes de esos ladrones. Los echó a todos y quedamos completamente solos en la toldilla, sosteniendo yo en un brazo el capote del comandante. Cowper se agachó para llamar por la claraboya. Pude oír las débiles respuestas que le llegaban de abajo.
Entretanto, algunos de los bribones que se quedaron a bordo de la goleta se habían aprovechado de una ligera brisa para, contorneando nuestra popa, poner su barco al lado del nuestro. Echaron cuerdas a bordo y, cuando ambos barcos estaban muy juntos, la goleta con sus sucias cubiertas me pareció verdaderamente siniestra y sórdida.
