La aventura

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CAPÍTULO II

ENTRE la salida de la luna y la puesta del sol, atravesé a trompicones los helechos del bosquecillo, que parecían un mechón de pelo en la frente de la gran cantera blanca. Había una oscuridad completa entre los árboles. Rodeé el bosquecillo, silbando en voz baja los tres compases de Lillibullero. Luego me metí en su interior. Bajo mis pies los helechos crujieron una y otra vez. Me detuve. Frente a mí se extendía, sobre el horizonte, una pequeña franja de luz casi descolorida, que atravesaba una y otra vez los troncos de los pequeños abetos, apenas más gruesos que unas estacas. Una paloma torcaz se elevó de pronto, produciendo un gran estrépito al golpear sus alas contra las ramas. Mi pulso latía deliciosamente; mi corazón también. Era una especie de juego del escondite, y sin embargo al fin y al cabo me iba en ello la vida. De nuevo quedó todo en silencio y empecé a pensar que había perdido el tiempo. Allá abajo en el llano, muy lejos, un perro ladraba sin cesar. Avancé unos cuantos pasos y me puse a silbar. El brillo de la aventura empezaba a desvanecerse. No quedaba más que una pizca de luz rezagada sobre los troncos de los árboles.

Me puse de nuevo en marcha, regresando a la carretera. Bajo la tenue luz mortecina creí vislumbrar los contornos de un sombrero de hombre allá abajo, entre los ondulantes helechos.

—¡Carlos! ¡Carlos! —murmuré en voz alta.


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