La aventura
La aventura TODO esto me parece ahora, atenuado por la distancia, por la dulzura de los recuerdos… el alba espléndida de una nueva vida, con todo el misterio y las promesas de un nuevo día que disperse las nubes cargadas de tormenta. Por entonces estaba completamente abrumado… no puedo expresarlo de otra forma. Me sentía como si me hubiesen arrojado por la borda, sin otra alternativa que nadar o hundirme, tratando siempre de mantener mi cabeza por encima del agua. Desde luego, ahora ya no sospechaba de Carlos; estaba avergonzado de haberlo hecho. Hacía tiempo que le había perdonado su proceder. «En los grandes apuros —me había dicho, mirándome con inquietud— se debe recurrir a los remedios desesperados». Y ahora él iba a morirse. Yo no le había contestado, únicamente bajé la cabeza… no por resentimiento, sino dudando de mis fuerzas para soportar la carga que el hombre que tanto me gustaba por su alegría, su temeridad y su fantasía, iba a confiar a mis manos inexpertas.
Él había seguido hablando hasta que, finalmente agotado, se dejó caer suavemente sobre las almohadas de la enorme cama blasonada como un monumento. Yo me alejé, siguiendo a un negro de pelo canoso, y la monja se deslizó en el interior de la habitación, permaneciendo erguida al pie de la cama con sus manos blancas pacientemente cruzadas.
