La aventura

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CAPÍTULO II

DON Baltasar aceptó mi presencia sin hacerme preguntas. Tal vez imaginó que me había invitado; desde luego ignoraba cómo había llegado. O’Brien, que había seguido hasta La Habana en el navío del que habían desembarcado los Riego en Río Medio, no daba señales de vida. Y sin embargo, cuando llegó el Breeze, debió de haber descubierto que yo no estaba ya a bordo. Me olvidé del peligro que pendía sobre mi cabeza. Durante una quincena viví como en un sueño.

—¿Cuál es la medida que quieres que tome, Carlos? —le pregunté un día.

Apoyado en las almohadas, me miró con los ojos agrandados por su demacración.

—Me gustaría mucho verte casado con mi prima. Una vez, una mujer de nuestra raza se casó con un inglés. Y fue muy feliz. Las cosas inglesas duran para siempre… la paz inglesa, el poderío inglés, la fidelidad inglesa. Es un país muy tranquilo, de orden, de afectos estables…

Su voz era muy débil pero llena de fe. Permanecí en silencio, abrumado por este secreto que guardaría en lo más profundo de mi corazón, expresado por sus labios exangües… como si hubiese tenido un sueño, o hubiese ocurrido un milagro.

—Me habría casado con tu hermana, querido Juan —añadió, con una indefinible sonrisa de una tristeza casi sobrenatural.


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