La aventura

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La estrecha bocana miraba, al otro lado del agua, hacia el gran pórtico de la catedral. Río Medio había conocido su época de esplendor. Las ruinas de sus pesados edificios colgaban de las laderas y mis ojos atisbaron una amplia perspectiva de una magnífica calle vacía. Detrás de muchas de las imponentes fachadas, adornadas con escudos de armas, no había ahora más que montones de escombros; los pasos de los escasos transeúntes despertaban ecos solitarios, y franjas de hierba en forma de paralelogramo bordeaban las baldosas de la calzada. Cerca de la costa, Casa Riego alzaba su mole de contrafuertes y troneras, que semejaba una obra defensiva; al otro lado, la bahía poco profunda, vasta, apacible y reluciente, se extendía por detrás de la franja de costa, como una enorme laguna. Frondosas palmeras salpicaban la playa más allá del resplandor vidrioso en lontananza. Las sombrías y arboladas laderas de las colinas cerraban por todos lados el panorama tierra adentro.

Bajo las palmeras, masas verdes de vegetación ocultaban las casuchas del populacho. Al fondo de la bahía había, al parecer, tres aldeas; y ese buen católico y terrible individuo que era el señor juez O’Brien podía enviar al patíbulo a cualquiera de sus habitantes con una simple inclinación de cabeza.


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