La aventura
La aventura UNA tarde, despuĂ©s de un angustioso silencio, Carlos me habĂa dicho:
—No se puede hacer nada más. Cuando llegue el momento de crisis, deberás librarla de esa desdicha y aflicción que pende sobre su cabeza. Deberás sacarla de Cuba; aquà no está segura.
Aquello me dejĂł sin respiraciĂłn.
—Pero Âża dĂłnde deberĂamos ir, Carlos? —preguntĂ© yo, inclinándome sobre Ă©l.
—A… a Inglaterra —dijo en voz baja.
Esa tarde él estaba completamente agotado en su lecho de muerte tras todas aquellas perplejidades. Hizo un gran esfuerzo y murmuró unas cuantas palabras más… acerca del embajador de España en Londres, que era un pariente cercano de los Riego. Luego se dio por vencido y permaneció inmóvil para asombro de mis ojos. La monja se acercaba alarmada procedente de las sombras. El padre Antonio, mirando tristemente a su amado penitente, me indicó con señas que me retirase.
Castro no se habĂa marchado todavĂa; me estaba saludando en voz baja pasado el umbral de la gran puerta.
—Señor —prosiguió—, normalmente suelo darle el parte a su SeñorĂa don Carlos; sĂłlo que hoy no he sido admitido en sus aposentos. Pero lo que tengo que decir puede oĂrlo usted tambiĂ©n. Un fraile de un convento de La Habana ha llegado con los lugareños de la bahĂa. Ya sabĂa yo con anterioridad que iba a venir.