La aventura
La aventura SERAFINA y yo nos dirigimos hacia la puerta tristemente, como si estuviésemos bajo la opresión de un recuerdo, como la gente que regresa de visitar una tumba y se incorpora a las preocupaciones cotidianas. No me alegré mucho. No había pasado nada. Sólo el antojo de un hombre enfermo.
—Señorita —dije yo en voz baja, con la mano en el picaporte de bronce forjado—. Don Carlos podría haber muerto sin todo esto… confiando plenamente en mi afecto por usted.
—Lo sé —contestó ella, bajando la cabeza.
—Ése era su deseo —dije yo—. Y a él me remití.
—Ése era su deseo —repitió ella.
—Recuerde que él no le ha pedido ninguna promesa.
—Sí, sólo se la ha pedido a usted. Se acuerda usted muy bien, señor. ¿Y usted?… ¿no pide nada?
