La aventura
La aventura TODAVÍA me veo paseando por la habitación y pensando para mí: «Esto va mal, muy mal. ¿Qué voy a hacer ahora?». Insensata meditación que, en su incoherencia, llegó a ser tan tensa como para asustarme realmente. Entonces se me ocurrió que, por el momento, no podía hacer absolutamente nada y este sentimiento de impotencia, que podría pensarse que iba a volverme loco, me apaciguó. Finalmente me dormí, exactamente como se duerme un condenado a muerte, adormecido por la horrorosa certidumbre de lo irrevocable de su destino. Cuando me desperté ese sentimiento subsistía todavía, en cierta manera. Me lavé, me vestí, paseé, comí, y le dije «Buenos días, César» al viejo mayordomo que encontré en la galería; intercambié muecas en el portal con los sirvientes negros y observé cómo se internaban en el mar, con gran chapoteo de agua y ruido de voces, las mulas que otros chicos negros, casi desnudos, montaban a pelo. También había en la playa un grupo de hombres, sin lugar a dudas lugareños, vigilando las mulas e intercambiando con los negros divertidos gritos en voz alta. Río Medio, la ciudad muerta, abandonada y profanada, yacía sobre la arena desnuda como un esqueleto. La arena era amarilla, la bahía muy azul, las colinas boscosas muy verdes. Después de hacer volver tumultuosamente las mulas a sus establos, mojadas y dando saltos, sacudiendo sus largas orejas, la vida entera del país pareció refugiarse en aquel pintoresco colorido. Mientras los contemplaba desde el balcón que había encima del portón, el pequeño grupo de lugareños se volvió a mirar Casa Riego. Sin duda me reconocieron y uno de ellos esgrimió amenazadoramente un arma que sacó de debajo del capote. Retrocedí al interior.
