La aventura
La aventura Estaba apoyado contra el muro, de espaldas, en la postura de un hombre abrumado súbitamente por una enfermedad mortal. Nadie nos miraba. Se me ocurrió que ahora no podían quedarle demasiadas ilusiones. Alzó los ojos cansinamente, me vio y, despabilándose de pronto, metió las manos en los bolsillos de su pantalón. Pensé en su pistola. Ahora, ninguna esperanza amorosa, por quimérica que fuese, le impediría matarme en el acto. El disparo fatal que había puesto fin a la vida de don Baltasar sin duda debía haberle provocado un despertar peor que la muerte. Di una zancada, le cogí rápidamente ambos brazos y lo inmovilicé contra el muro con todas mis fuerzas. Luchamos en silencio.