La aventura
La aventura NO quiero revivir, ni siquiera en el recuerdo, aquellos tres días en el curso de los cuales el padre Antonio, el viejo mayordomo y yo nos encontramos en las galerías, en el patio, en las habitaciones vacías, vagando en medio de aquel silencio que paralizaba la Casa, con el corazón oprimido y el desconsuelo en los ojos, que parecían preguntarse: «¿Qué hay que hacer?».
Por supuesto, se tomaron precauciones para protegerse de los lugareños, que sitiaban de lejos la Casa. Habían establecido una especie de campamento al final de la calle y merodeaban entre las casas antiguas, atrincheradas, con sus sombreros puntiagudos, sus harapos y oropeles; mujeres con provisiones enlazaban constantemente las aldeas con la ciudad, presa del pánico; había grupos en la playa; y una de las goletas había sido remolcada hasta la bahía y estaba ahora amarrada por la proa y por la popa frente a la puerta principal. No nos hicieron absolutamente nada. Únicamente vigilaban, como de conformidad con algún plan trazado por una autoridad superior. Aunque me vigilaban a mí, cuando por desgracia prendieron fuego a los tejados de las dependencias que se encontraban a alguna distancia de la Casa, sus jefes nos enviaron una delegación de tres hombres para presentar sus disculpas. Esos hombres venían desarmados y, por así decirlo, bajo la protección de Castro. Gimotearon sus excusas ante el padre Antonio:
