La aventura
La aventura Yo tenía un miedo horrible de que Serafina chillara o se desmayase, o se negara a moverse. Había muy poco tiempo. Los piratas podían salir en tropel de la catedral mientras nosotros íbamos por detrás; el obispo había prometido prolongar el servicio. Pero Serafina se deslizó hacia la puerta abierta y un soplo de aire fresco nos alcanzó. Miró hacia atrás una sola vez. El ataúd se balanceaba justo encima del agujero, tapando la luz, Tomás Castro cogió a la joven de la mano y dijo con infinita ternura:
—Venga… venga.
Él había estado sollozando convulsivamente. Subimos algunos escalones y, después de pasar nosotros, la puerta se cerró con un ruido parecido a un suspiro de alivio.
Caminamos rápido en la completa oscuridad y soledad de la playa desierta, entre la ciudad vieja y la aldea. Fuera de la catedral no había ni un alma. Una barca estaba anclada en la orilla. A la izquierda, en la lejanía, la luz de una goleta temblaba sobre las tranquilas aguas frente a Casa Riego.
De pronto Tomás Castro dijo:
—La Señorita nunca ha puesto el pie en campo abierto.
Inmediatamente la levanté y la deposité en la barca.