La aventura

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CAPÍTULO I

HUBO un ligero, casi imperceptible crujido, un vago chirrido, un leve rumor de arena… y la barca flotó sin hacer ruido.

La tierra se alejaba de nosotros, como si huyera de la quilla, mientras nos internábamos en las aguas de la bahía, que estaban tan en calma como la noche misma, sin viento. Impulsé aquella barca mar adentro como desde una rampa de lanzamiento, como un pájaro que despliega sus alas en la cima de un acantilado y permanece suspendido en el aire. Experimenté una sensación de libertad, una impresión desmedida de júbilo… como si realmente fuese un pájaro intentando volar por vez primera. Todo —lo inesperado, lo funesto y lo más afortunado— parecía planeado como si yo no fuese más que un lego sobre el que la aventura hubiese querido descargar su desconcertante imprevisión; pero cuando la barca comenzó a avanzar, sentí de algún modo que en esta huida tenía que arreglármelas solo.

Estaba oscuro. Sumergiendo con precaución la pala del remo, me alejé todavía más de la costa en declive. Serafina estaba sentada, inmóvil y cubierta por su capa, y Tomás Castro iba en la proa sin hacer ruido. Ni siquiera le oía respirar. Todo quedaba en mis manos. Impulsada de nuevo, la barca hizo un ligero rizo y un instante después mi regocijo fue sustituido por todos los tormentos de la más angustiosa ansiedad.


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