La aventura
La aventura —Es hora de coger los remos, señor —susurró Castro de repente, como si se hubiese quedado dormido nada más ponerse en la proa y en ese preciso momento se despertara—. Las brumas de la bahÃa nos ocultarán cuando salga la luna.
HabÃa llegado el momento… si querÃamos escapar. Pero ¿adonde escapar? ¿Internándonos en alta mar? ¿Con esa chica silenciosa y pesarosa a mi lado? ¿En aquel miserable cascarón de nuez y sin tener ningún otro refugio en perspectiva? No habÃa lugar para la indecisión: no podÃa dejarla a merced de O’Brien. Era como si, por vez primera, me diese cuenta de lo vasto, peligroso e inseguro que era el mundo. Y no habÃa más alternativa. No podÃamos retroceder.
Si yo hubiese sabido lo que nos esperaba, tal vez me habrÃa fallado el corazón, de pura lástima. De pronto mis ojos divisaron la luna encendiendo una especie de fuego de matorrales en la ladera negra de la montaña. Dentro de un momento inundarÃa de luz la bahÃa y la goleta anclada en la playa frente a Casa Riego no estaba más que a unos setenta metros de nosotros. Sumergà el remo sin chapotear. Castro remaba con su única mano.