La aventura
La aventura NO sospechaban lo cerca que estábamos de ellos. Inmediatamente su disposición me pareció peligrosa. Parecían estar bastante alerta y, me imaginaba, se disponían a actuar enseguida. Grité, amortiguando mi voz con cautela.
—Soy inglés y huyo de los piratas de estas costas. Necesitamos su ayuda.
No hubo respuesta, pero para entonces el capitán había vuelto a cubierta. El bote debió haber ido a la deriva hasta mucho más cerca, pues vi aparecer vagamente detrás de la batayola, una, dos, tres figuras en fila, cuyas corpulentas siluetas destacaban amenazadoramente por encima de mi cabeza, de la misma manera que en medio de la bruma los hombres parecen de mayor estatura.
—Dice que es inglés. Es probable —declaró una nueva voz.
Arriba celebraron una apresurada consulta, de la que sólo capté algunas frases sueltas y la general preocupación que les embargaba.
—Sabemos perfectamente que aquí hay un inglés… Sí, un segundo oficial que desertó… Mató a un hombre en un barco de Bristol… ¿Cuál era su nombre?
—¿No quieren contestarme? —grité yo.
—Sí, le contestaremos tan pronto como le veamos… Mantenga los ojos alerta sobre la cubierta, de proa a popa… ¿Listos, muchachos?
