La aventura

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CAPÍTULO IV

—AL fin en casa —dije—. Todo ha terminado.

Serafina estaba en el puente junto a mí. Libró su cabeza de la pesada capa negra y apareció su rostro blanco por encima de la tenue sombra negra que protegía su luto. Miró en silencio alrededor de ella, en la bruma, los grupos de hombres rudos y las manchas de luz que también parecían violentas. No dijo nada, pero dejó su mano en mi brazo.

Su congoja era enorme y este era el hogar que yo le ofrecía. Volvió a mirar al costado. Pensé que le habría gustado estar de nuevo en la barca.

—La gente de este barco —le dije— son viejos amigos míos. Puede confiar en ellos… y en mí.

Tomás Castro fue el siguiente en trepar, sin prisas. Tan pronto como sus pies tocaron cubierta, se echó sobre la espalda izquierda el faldón de su capote, bajó a medias el ala de su sombrero y adoptó el aspecto de un siniestro conspirador, eclipsada su pequeña estatura por los fornidos marineros, que tras haber entregado a Manuel a la multitud, se empujaban entre sí, con los brazos y el pecho desnudos, y estiraban sus cuellos alrededor nuestro.

—Debo confiar en usted —dijo Serafina—; es mi deber confiar en usted. Este es mi nuevo hogar.


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