La aventura
La aventura —AL fin en casa —dije—. Todo ha terminado.
Serafina estaba en el puente junto a mĂ. LibrĂł su cabeza de la pesada capa negra y apareciĂł su rostro blanco por encima de la tenue sombra negra que protegĂa su luto. MirĂł en silencio alrededor de ella, en la bruma, los grupos de hombres rudos y las manchas de luz que tambiĂ©n parecĂan violentas. No dijo nada, pero dejĂł su mano en mi brazo.
Su congoja era enorme y este era el hogar que yo le ofrecĂa. VolviĂł a mirar al costado. PensĂ© que le habrĂa gustado estar de nuevo en la barca.
—La gente de este barco —le dije— son viejos amigos mĂos. Puede confiar en ellos… y en mĂ.
Tomás Castro fue el siguiente en trepar, sin prisas. Tan pronto como sus pies tocaron cubierta, se echĂł sobre la espalda izquierda el faldĂłn de su capote, bajĂł a medias el ala de su sombrero y adoptĂł el aspecto de un siniestro conspirador, eclipsada su pequeña estatura por los fornidos marineros, que tras haber entregado a Manuel a la multitud, se empujaban entre sĂ, con los brazos y el pecho desnudos, y estiraban sus cuellos alrededor nuestro.
—Debo confiar en usted —dijo Serafina—; es mi deber confiar en usted. Este es mi nuevo hogar.