La aventura
La aventura No quiso decirme que hiciera eso. Era eso precisamente lo que ella temÃa. Que me entregase a ese hombre. ¿SabÃa yo lo que supondrÃa eso? Que ella también caerÃa en manos de ese hombre. No sobrevivirÃa. Si yo deseaba que ella siguiese viviendo, no debÃa exponerme a las garras de O’Brien.
—En mis pensamientos, Juan, he vinculado mi vida a la tuya tan estrechamente, que el golpe que siegue la tuya, segará también la mÃa. Ni siquiera la muerte podrá separarnos.
—No —dije.
Y tomó mi cabeza en sus manos y me miró a los ojos.
—No más luto —susurró rápidamente—. Basta ya. Soy demasiado joven para tener todavÃa en vida la tumba de un amante… y demasiado orgullosa para someterme…
—Jamás —protesté yo ardientemente—. Eso no puede ser.
—Por consiguiente, cuÃdate, Juan, de no sacrificar tu vida, que es mÃa, ni a tu amor… ni… ni… a la venganza —bajó la cabeza y sus cabellos le ocultaron el rostro—. Pues serÃa en vano.
—El capote está ya completamente seco, señorita —dijo Castro, apoyando el codo al borde de la oscuridad.