La aventura
La aventura LO primero que noté al abrir los ojos fue que Castro ya se había ido: me molestó. Podía haberme llamado. Sin embargo, lo habíamos dispuesto todo la tarde anterior. La claridad del nuevo día, penetrando a través del pasadizo, difundía sobre el suelo un semicírculo crepuscular, que se extendía hasta el emplazamiento del fuego, negro y frío ahora, con un montón de cenizas grises en el centro. Más lejos, en la oscuridad, fuera del alcance de la luz, Serafina no se movía en su lecho de hojas. Pero ¿qué estaba haciendo allí ese sombrero? El sombrero de Castro, que afirmaba su existencia mucho más de lo que nunca hizo en la cabeza de su dueño: negro y chamuscado, como un cono de hierro abollado, descansaba sobre su amplia ala cerca de las cenizas. Entonces era que no se había ido. No se habría puesto en marcha para recorrer tres leguas con la cabeza descubierta. Aparecería enseguida; y esperé, contrariado por esa pérdida de tiempo. Pero no apareció.
—Castro —grité a media voz.
Las hojas susurraron; Serafina se incorporó.
