La aventura
La aventura PUES era eso lo que quería decir. ¡Aprisionados! El grito irrisorio de Castro quería decir eso. Yo ya lo sabía antes de que él lo lanzase. Castro emergió de nuevo de las negras profundidades con el rostro abotargado, lívido, y espuma en la boca.
—Sus cadáveres, dice usted —balbuceó—… ¡Ajá! Nuestros cadáveres.
Y retrocedió de nuevo hasta un lugar desde donde no me llegaban más que murmullos incoherentes.
Serafina me agarró del brazo.
—Juan… siempre juntos… nada de separarnos.
Lo sabía incluso cuando hablé de vender caras nuestras vidas. Únicamente podíamos entregarnos. Entregarnos miserablemente a esos malvados, o a las tinieblas sin fin en las que Castro mascullaba su desesperación. No tuve necesidad de oír ese ominoso y siniestro ruido… ni tampoco el grito de Serafina. Ella también lo comprendió. Ellos no descenderían jamás, a no ser cuando estuviésemos muertos, para ver nuestros cadáveres. No tuve necesidad de ir a la entrada de la cueva para comprender todo el horror de nuestro destino. Los lugareños ya habían encendido un fuego. También muy cerca del borde.