La aventura

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Castro se había deslizado a gatas dentro del pasadizo, detrás de mí. Con la cabeza me empujó en la espalda.

—Te desafío, Manuel —gritó.

Un vocerío se elevó:

—¡Está aquí! ¡Está aquí!

—Bravo, Castro —gritó Manuel desde arriba—. Me gustas porque eres mi víctima. Te cantaré una canción. Sube. ¡Eh, Castro!

¡Castro! Sube… ¿No? Entonces, el muerto al hoyo y el vivo al bollo.

A veces caía a raudales desde lo alto un poco de tierra, separada de la capa de suelo que cubría la roca. Los hombres designados para hacer la guardia de la cornisa recorrían el borde de un lado a otro y en el aire de la grieta flotaba un confuso murmullo de voces contenidas, como un temblor modulado. Gimiendo suavemente, Castro tropezó al entrar en la cueva.

Serafina había permanecido sentada en el asiento de piedra. El crepúsculo bañaba sus rodillas, su rostro, el montón de cenizas que había a sus pies. Pero Castro, que había permanecido inmóvil como un tronco con una mano en la frente, se volvió a mí con impaciencia.

—Los peones, ¡por Dios!

¿No había pensado yo en los peones de la estancia?


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