La aventura
La aventura HABÍA a bordo un chico llamado Barnes, que tenía más o menos la misma edad que yo y era pasajero de entrepuente. Nacido en Northumberland, era un patán, pelirrojo y bastante bruto, que se había alistado como recluta en uno de los regimientos de las Indias Occidentales. Era un joven serio y enérgico con el que yo había hablado un poco en algunas ocasiones. Cuando me tuve que separar de Carlos definitivamente me quedé muy solo y fui a despedirme de él.
Yo venía de nuestro camarote. El bullicio del desembarco y la despedida se había extendido por todo el barco. Carlos y Castro habían entrado con un español alto, impasible, de gafas doradas y todo vestido de blanco, que parecía hasta cierto punto atento y observador. Al entrar en el camarote para hablar en serio con Tomás Castro, se inclinó un poco. Carlos les había precedido con cierta indiferencia y el español (era el señor Ramón, el comerciante del que yo ya había oído hablar) le observó con una mezcla de interés y curiosidad. Parecía estar ya familiarizado con Tomás. Permanecía en la puerta, de espaldas a la fuerte luz, un poco inclinado hacia delante.
Con una cierta cortesía, no exenta de indiferencia, Carlos me lo presentó. Ramón se volvió y me lanzó una mirada penetrante y discretamente analítica.
—¿Va a irse también el caballero? —preguntó.
