La aventura
La aventura NI un alma se movía en la única calle larga de aquella aldea de negros. El creciente amarillo de la luna flotaba a baja altura en la luz nacarada del alba, y las paredes de bambú de las chozas con tejados de hojas de palma relucían aquí y allá a través de las grandes hojas de los plátanos. Toda aquella noche estuvimos avanzando sin parar, atravesando lentamente las despejadas sabanas en las que nada se movía a nuestro lado más que la escolta de nuestras propias sombras, o sumergiéndonos en densos macizos boscosos de una oscuridad tan impenetrable que perdimos de vista incluso las siluetas de nuestros salvadores, aunque oíamos sus voces bajas y notábamos sus manos sosteniendo nuestras sillas de montar. Luego, nuestros caballos pisaron al paso el polvo del camino, mientras que, al atravesar una avenida de naranjos, cuyas hojas parecían tan negras como el carbón, las tapias de la hacienda irradiaron una blancura marchita, como una visión de brumas. Unos áloes brasileños florecían junto al porche; nos dejamos estar en las sillas y los pesados golpes en el portal de madera parecieron repetirse sin motivo y detenerse sin causa, como un ruido escuchado en sueños.
