La aventura
La aventura —¿POR quĂ© he sido traĂdo aquĂ, sus SeñorĂas? —preguntĂ© con bastante firmeza.
HabĂa dos personajes vestidos de negro, uno al lado de una gran mesa negra, el otro detrás. Me colocaron frente a ellos, entre dos soldados, en el centro de una sala grande y lĂşgubre con paredes desnudas y sucias y las armas de España encima del asiento del juez.
—Está usted ante el juez de primera instancia —dijo el hombre de negro que estaba junto a la mesa. Llevaba un tricornio grande y sombrĂo—. Estese callado y respete el procedimiento.
Era sin duda un excelente consejo. Le susurrĂł al juez de primera instancia algunas palabras al oĂdo.
Me pareciĂł bastante evidente que el juez era un funcionario subalterno, que simplemente decidĂa si habĂa algĂşn cargo en contra del acusado; tenĂa, incluso ante su pasante, un aire de timidez, de duda.
—Pero insisto en saber… —dije yo.
—A su debido tiempo —dijo el pasante. Y despuĂ©s, en el mismo tono imparcial de rutina oficial, le hablĂł al lugareño, quien, desde el umbral de la puerta, mirĂł con ojos asustados a los jueces y al pasante y luego a los soldados y a mĂ—. Adelántese.
Con voz apresurada y descuidada, el juez hizo preguntas al lugareño, que el pasante garabateaba en una hoja de papel con una gran pluma de ave.
—¿De dónde viene usted?
