La aventura

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CAPÍTULO V

HABÍA quemado mi último cartucho y por tanto iba a morir; podía verlo por la manera en que el abogado del Rey echó para atrás la cabeza, hizo revolotear las listas de su alzacuellos, miró al estrado del jurado y se puso a jugar con los sellos que colgaban de su leontina. El tribunal había recuperado la calma. Un hombre con una especie de librea le pasó un papel doblado al alcalde, éste se lo pasó a lord Stowell, el cual lo abrió de un tirón a la antigua usanza, cosa que me impresionó enormemente. Fue como si, al final de mi vida, estuviese viendo ante mí a un hombre abriendo una carta de la época de la reina Ana. En su rostro viejo, arrugado, las sombras cambiaban a medida que leía, alzaba las cejas y fruncía los labios. Le entregó el papel desplegado al señor Barón Garrow, luego, con un dedo arrugado, hizo señas al fiscal general para que se acercara. El tercer juez seguía durmiendo.

—¿Quién demonios es éste? —dijo, a mi lado, el llavero a su compañero.

Me sentía bastante mal y cada latido de mi corazón repercutía dolorosamente en mi mano destrozada. El otro carraspeaba justo delante de mí.

—Que me condenen si lo sé —dijo él—. Este maldito asunto debería haber terminado hace ya una hora. Le dije a Jinks que me trajera mi tostada con queso derretido y mi cuarto de pinta a la casa del guarda a las cinco y media, y son ya las seis.


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