Nostromo

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Carlos Gould, con una calma circunspecta y vigilante, que le granjeaba al punto la viva simpatía de su mujer, aseguró a ésta que no había pretendido establecer ninguna comparación. El mismo era también americano, y quizá pudiera desplegar ambas clases de elocuencia… «si fuera cosa que mereciera intentarse», añadió con firmeza. Había respirado el aire de Inglaterra por más tiempo que ninguno de los suyos en el transcurso de tres generaciones; y esta circunstancia le hacía ver las cosas con un criterio que en ocasiones tal vez necesitara ser disculpado. Su pobre padre fue hombre de palabra fácil y abundante, con sus ribetes de elocuencia. Y a propósito de esto preguntó a su mujer si se acordaba de cierto pasaje contenido en una de las últimas cartas del finado, en el que éste expresaba su convicción de que «Dios parecía mirar airado a estos países, porque a no ser así, habría dejado brillar un rayo de esperanza por algún resquicio abierto en la terrible noche de intrigas, muertes y crímenes que se cernía sobre la Reina de los Continentes».

La señora de Gould no lo había olvidado.

—Sí, me lo leíste, Carlitos —murmuró—. Y por cierto que me impresionó mucho. ¡Que pena tan desgarradora debió de atormentar a tu padre!


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