Nostromo
Nostromo El cariño inteligente de la señora Gould la llevaba sin esfuerzos a compartir los sentimientos de su esposo. Los proyectos de éste comunicaban a la vida interés y emociones, y ella era demasiado mujer para no gustar de ambas cosas. Pero a la vez la acobardaban un poco; y cuando don José Avellanos, meciéndose en su silla americana, se propasaba a decir: «Aunque fracasara usted, mi querido Carlos; aunque alguna contingencia adversa diera al traste con todos sus esfuerzos —¡lo que Dios no permita!—, habría usted merecido bien de su patria», la señora Gould alzaba los ojos de la mesa de té y los fijaba profundamente en el impasible semblante de su marido, que seguía agitando la cucharilla en la taza, como si nada hubiera oído. Y no es que don José creyera en la inminencia de un desastre; al contrario, no se cansaba de elogiar la cordura, tino y valor de Carlos. Su carácter inglés, firme como una roca, constituía su mejor salvaguardia, afirmaba don José; y, volviéndose a la señora de Gould, añadía: «Así como la de usted, querida Emilia» (la trataba con la familiaridad autorizada por sus años y antigua amistad); «usted es una patriota tan neta, como si hubiera nacido entre nosotros».
