Nostromo

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Colgado a la espalda cerca de los hombros llevaba un guitarrillo en el que se había preparado ingeniosamente un hueco a propósito para recibir un rollo de papel bien apretado, y que se tapaba después con una cuña de madera sujetándola a la armazón mediante un clavo. Mientras este mulatero estaba en Sulaco, no hacía otra cosa que fumar y pasar dormitando el día entero (como si para él no hubiera cuidados en el mundo), tendido sobre un banco de piedra junto a la entrada de la casa Gould, frente a las ventanas de la de Avellanos. Muchos años atrás, su madre había sido la encargada de lavar la ropa de la familia de don José, ejecutando con la mayor perfección el planchado de toda clase de prendas finas. El mulatero había nacido en una de sus haciendas. Llamábase Bonifacio, y don José, siempre que cruzaba la calle, a eso de las cinco, para visitar a doña Emilia, correspondía al humilde saludo de su antiguo criado con algún movimiento de la mano o de la cabeza. Los porteros de ambas casas conversaban con él en sus largas horas de ocio, tratándole con la mayor intimidad. Las noches las dedicaba al juego y a visitar, animado de generoso buen humor, a las chicas del peine de oro en las callejuelas más apartadas de la ciudad. Pero esto no obstaba para que fuera hombre discreto.




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