Nostromo

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Don José Avellanos era uno de los agraciados con ese perdón.

Tan quebrantado se hallaba de salud y fortuna al salir de la cárcel, que no podía presentar un espectáculo más grato al jefe supremo de las instituciones democráticas. La primera determinación de aquél fue retirarse a Sulaco. Su mujer poseía una hacienda en la provincia y con sus cuidados le restituyó a la vida, sacándolo de la casa de la muerte y el cautiverio. Cuando la fiel y amante esposa murió, dejó una hija de bastante edad para seguir asistiendo con abnegada solicitud al «pobre papá».

La señorita Avellanos, nacida en Europa y educada en parte en Inglaterra, era una joven alta, grave, con modales que indicaban gran dominio de sí propia, frente despejada y blanca, opulenta mata de cabello castaño y ojos azules.







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