Nostromo
Nostromo Cuando el general Barrios se detuvo para hablar a la señora de Gould, Antonia levantó con negligencia su mano que sostenía un abanico abierto en ademán de preservar de los rayos del sol su cabeza, tocada con leve chal de encaje. El animado brillo de sus ojos azules, movibles tras los negros flecos de las pestañas, se posó un momento sobre su padre, y luego voló más allá yendo a caer sobre la figura de un joven que a lo sumo contaría treinta años, de talla media, un tanto metido en carnes, envuelto en fino sobretodo. Apoyado con la palma abierta de la mano sobre el puño esférico de una caña flexible, había estado mirando distraído, pero en cuanto se notó observado se acercó tranquilamente y puso el codo sobre la portezuela del landó.
