Nostromo

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CAPÍTULO III

Nostromo defendió el hotel de Giorgio como si fuera cosa suya. De recién llegado se le había admitido a vivir en la intimidad de la familia del hotelero, que era paisano suyo. El viejo Giorgio Viola, genovés, de cabeza leonina, poblada de blancas greñas —a menudo llamado simplemente «el Garibaldino» (como los mahometanos reciben esta denominación del nombre de su Profeta)—, era, según palabras textuales del capitán Mitchell, el «respetable amigo casado», por cuyo consejo Nostromo había dejado su barco para probar fortuna en las playas de Costaguana.

El viejo, gran despreciador del populacho, como los republicanos austeros de su laya lo son a menudo, no había dado importancia a los ruidos preliminares de la revuelta. Aquel día continuó su acostumbrado trajín por la casa, en zapatillas, refunfuñando entre sí mil denuestos contra la falta de elevados ideales patrióticos del alboroto y encogiéndose de hombros. Al último se vio sorprendido por la embestida de las turbas. Era entonces demasiado tarde para trasladar a otra parte a su familia; y realmente ¿adonde podía huir con la corpulenta signora Teresa y dos muchachas en aquella gran llanura? Así pues, obstruyó con barricadas todas las puertas y ventanas del hotelito y se sentó con austera gravedad en medio del café, puesto a obscuras, con una vieja escopeta sobre las rodillas.


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