Nostromo
Nostromo Tal vez para cumplir con los deberes de esa misión, hubiera ido a presenciar la partida de las tropas. A no dudarlo, el número siguiente de El Porvenir describiría el acontecimiento; pero su director, recostado sobre el landó, no daba muestras de prestar atención a ninguna cosa. La compañía de infantería, que, alineada de tres en fondo, cerraba el paso al muelle, al venírsele encima la gente, simulaba cargar a la bayoneta con un temeroso chocar de aceros; y entonces la multitud de curiosos retrocedía en masa hasta meterse debajo de los hocicos de los enormes mulos blancos. A pesar del gran gentío, sólo se oía un sordo y prolongado murmullo. Una parda bruma de polvo enturbiaba el ambiente, donde los jinetes, rodeados de pelotones de paisanaje aquí y allá, descollaban sobre los de a pie, de las caderas para arriba, vueltos a mirar en la misma dirección. Casi todos llevaban a la grupa un amigo, que se sostenía asido con ambas manos a los hombros del compañero; y las alas de sus sombreros al tocarse formaban una especie de disco con dos conos de agudo vértice encima, y dos caras debajo. De cuando en cuando un mozo dirigía con voz ronca ciertas palabras a un conocido de las filas, o una mujer gritaba de pronto un ¡Adiós!, seguido de un nombre de pila.
