Nostromo

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CAPÍTULO V

El carruaje de los Gould fue el primero que volvió del puerto a la desierta ciudad. Al llegar al antiguo pavimento de mosaico, roto y deshecho por roderas y hoyos, el grave Ignacio había puesto el tiro al paso a fin de que no se estropearan los muelles del landó parisiense; y Decoud en su asiento contemplaba con aire sombrío el aspecto interior de la entrada. Dos torres laterales, gruesas y bajas, sostenían una masa de masonería, coronada por matas de hierbas. Encima de la clave del arco sobresalía un escudo de piedra gris, cuyos bordes se enrollaban en gruesas volutas, con las armas de España casi borradas, como para recibir una nueva divisa, característica del progreso iniciado.

El estruendo percutiente de los topes de los vagones pareció aumentar la irritación de Decoud, y después de murmurar entre sí algunas palabras, empezó a hablar alto en frases secas e iracundas que caían sobre el silencio de las dos mujeres. Ellas no le miraban. Don José, con su céreo semblante de tez semitransparente, protegido por el ala de su sombrero gris flexible, se mecía un poco, por efecto de las sacudidas del carruaje, al lado de la señora de Gould.


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