Nostromo

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CAPÍTULO VI

Profundo silencio reinaba en la casa Gould. Su dueño siguió el corredor, abrió la puerta del cuarto que le estaba reservado y halló allí a Emilia sentada en una enorme poltrona —la usada por él para fumar—, mirándose a los menudos zapatos con expresión meditabunda. Ni siquiera alzó los ojos para mirar a su esposo.

—¿Cansada? —pregunto Carlos.

—Un poco —respondió la interrogada, y luego añadió en sentido tono, sin levantar la vista—: Hay en todo esto un no sé qué de horrible pesadilla.

Carlos Gould, de pie ante la luenga mesa, cubierta de papeles, sobre los que yacían un látigo de montar y un par de espuelas, se quedó mirando a su mujer.

—El calor y el polvo han debido de ser insoportables esta tarde a la orilla del mar —musitó con acento compasivo—. El reverbero del agua, abrasador y asfixiante.

—Yo puedo no parar mientes en tales molestias, pero me es imposible, mi querido Carlos, cerrar los ojos ante tu situación, ante ese espantoso levantamiento…

Ahora mudó de expresión para contemplar el semblante de su marido, del que había desaparecido toda señal de conmiseración y de cualquier sentimiento.

—¿Por qué no me dices algo? —le preguntó con acento lloroso.


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