Nostromo
Nostromo Durante la mañana entera Nostromo había vigilado sin cesar desde lejos la Casa Viola, aun en lo más recio y ardoroso de la refriega. «Si veo alguna humareda por aquella parte —había pensado para sí—, están perdidos». Apenas la chusma se dispersó, el intrépido capataz, seguido de unos cuantos obreros italianos, arremetió en aquella dirección, que era el camino más breve para la ciudad. La tropa de populacho, que huía ante ellos, pareció intentar hacerse fuerte al abrigo de la casa; pero una descarga, hecha por los hombres de Nostromo desde el resguardo de un seto de áloes, puso en fuga a la chusma. En un escampado, abierto para tender la línea secundaria del puerto, apareció el capataz, montado en su yegua, de piel gris plateado. Increpó con amenazadoras voces a los que huían, disparó contra ellos su revólver y galopó sin detenerse hasta la ventana del café. Tenía una vaga idea de que el viejo Giorgio debía de haber escogido por refugio aquella parte de la casa.
Su voz había llegado a la familia, sonando apresurada y anhelosa.
—¡Hola, vecchio! ¡Oh! ¡Vecchio! ¿No hay novedad ahí dentro?
—Ya estás viendo… —murmuró el apostrofado al oído de su mujer.
La signora Teresa permanecía ahora callada. Fuera Nostromo se echó a reír.
