Nostromo

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CAPÍTULO VIII

Por un momento, a vista del extraordinario hallazgo, olvidaron sus inquietudes y padecimientos. Los del señor Hirsch parecían reducirse a un terror extremo. Por largo tiempo rehusó dar señales de vida, hasta que al fin las increpaciones de Decoud y tal vez más la impaciente indicación, hecha por Nostromo, de arrojarle al mar, ya que parecía estar muerto, le movieron a levantar primero un párpado y luego el otro.

Según refirió, no había hallado ocasión segura para partir de Sulaco. Estaba de huésped en casa de Anzani, el dueño del bazar de la plaza Mayor. Y cuando estalló la revuelta, antes de amanecer, escapó de la posada con tal prisa, que se olvidó de ponerse los zapatos. Corriendo a ciegas y en calcetines, se metió en el jardín de la casa de Anzani.

El miedo le infundio la agilidad necesaria para saltar varias cercas bajas, y de esta suerte fue a parar a los claustros, cubiertos de maleza, del arruinado convento de San Francisco, situado en una calle lateral. Abrióse camino por entre los intrincados y espinosos arbustos con la violencia de la desesperación, y esto explicaba los arañazos de su cara y manos y los desgarrones del traje. Allí permaneció oculto aquel día, con la lengua pegada al paladar a causa de la sed intensa producida por el calor y el miedo.


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