Nostromo
Nostromo El capitán Mitchell, que paseaba por el muelle, se hacía la misma pregunta. Había un punto oscuro respecto de la venida de Sotillo y era si el aviso del telegrafista de Esmeralda —despacho fragmentario e interrumpido— habría sido bien interpretado. Sin embargo, el bueno del administrador del puerto había resuelto no irse a dormir hasta el amanecer, dado que lo hiciera. Imaginábase haber hecho un favor enorme a Carlos Gould. Al pensar en la plata salvada, se frotaba las manos de gusto. En su genuina sencillez se enorgullecía de haber cooperado a tan prudente determinación. Él era quien le había dado forma práctica, sugiriendo la posibilidad de que la gabarra abordara en el mar el vapor destinado a California. A la vez era ventajoso para la Compañía, que habría perdido un flete valioso si el tesoro hubiera quedado en tierra para ser confiscado. A todo esto se agregaba el placer de burlar los planes de los monteristas. Autoritario por temperamento y con larga costumbre de mandar, el capitán Mitchell no era demócrata, llegando a este particular al extremo de manifestar de ordinario gran desdén al parlamentarismo.
—Su excelencia don Vicente Rivera —solía decir—, a quien yo y mi capataz Nostromo tuvimos el honor y el placer, señor, de salvar de una muerte cruel, guardaba excesivas consideraciones a su congreso de diputados. Era una equivocación, señor, una evidente equivocación.
