Nostromo
Nostromo Carlos Gould dio la vuelta en dirección a la ciudad. Ante él los dentados picos de la Sierra resaltaban en negra silueta sobre el fondo claro de la alborada. Aquí y allá un vagabundo embozado torcía apresurado la esquina de una calle cubierta de hierba, al oír el martilleo de los cascos del caballo. Los perros ladraban detrás de las cercas de los huertos; y el frío de las nieves parecía descender con la luz incolora desde las montañas sobre los desunidos enlosados y las casas enteramente cerradas, con sus rotas cornisas y revoque descascarillado a trechos entre las pilastras planas de las fachadas. La claridad del amanecer luchaba con la sombra bajo de las arcadas de la plaza, sin que hubiera muestras de que los campesinos prepararan para el mercado del día sus montones de fruta, haces de hortalizas, adornadas de flores en bancos enanos protegidos por enormes parasoles de esterilla. Faltaba el alegre bullicio matinal de aldeanos, mujeres, chiquillos y borricos cargados. Sólo unos cuantos grupos de revolucionarios permanecían dispersos en el vasto espacio, mirando todos al mismo sitio, al amparo de sus sombreros echados sobre los ojos, esperando que asomara algún mensajero procedente de Rincón. El mayor de esos grupos se volvió como un solo hombre al pasar Carlos Gould y gritó a su espalda en tono amenazador: «¡Viva la libertad!».
