Nostromo
Nostromo Durante la noche el populacho que aguardaba a Pedrito Montero se había apoderado de todos los campanarios de la ciudad para saludar la entrada del famoso guerrillero después de haber dormido en Rincón. Por la puerta que daba al Campo entró en primer lugar una turba con armas, formada por tipos de todos los colores, cataduras, corpulencias y estados de andrajosidad, turba que se daba a sí propia el nombre de Guardia Nacional de Sulaco y marchaba a las órdenes del señor Camacho. Por medio de la calle avanzaba, como un torrente de desperdicios, una masa de sombreros de paja, ponchos, cañones de escopeta, con una enorme bandera verde y amarilla ondeando en el centro, entre una nube de polvo y al furioso batir de tambores. Los espectadores se apretujaban contra las paredes de las casas y vociferaban sus ¡Vivas! Detrás de la chusma se veían las lanzas de la caballería, el «ejército» de Pedro Montero. Éste avanzaba, entre los señores Fuentes y Camacho, a la cabeza de sus llaneros, que habían ejecutado la hazaña de cruzar los páramos del Higuerota a través de una tempestad de nieve. Cabalgaban de cuatro en fondo, montando los caballos que habían confiscado en el Campo, vestidos con las ropas heterogéneas robadas apresuradamente en su rápida travesía por la parte septentrional de la provincia; porque Pedro Montero tenía gran prisa por ocupar a Sulaco. Los pañuelos, anudados flojamente alrededor de sus gargantas desnudas, lucían su brillo y flamantes colores; y todas las mangas derechas de sus camisas de algodón habían sido cortadas por cerca del hombro para mayor libertad en arrojar el lazo. Figuras de rostro emaciado y barba gris aparecían junto a otras jóvenes, enjutas y curtidas, mostrando señales de la ruda vida de la campiña, con tiras de carne cruda arrolladas a las copas sus sombreros y grandes espuelas de hierro sujetas a sus talones desnudos.
