Nostromo
Nostromo El sol, al declinar, había hecho girar las sombras de occidente a oriente entre las casas de la ciudad. Y lo propio, como es natural, tuvo lugar en toda la extensión del inmenso Campo, donde aparecían aquí y allá las blancas cercas y muros de las haciendas sobre colinas que dominaban la verde llanura circundante; los ranchos con bardas y techos de hierba agazapados en los repliegues del terreno junto a las márgenes de las corrientes; las sombrías islas de árboles apiñados, alzándose sobre el claro verdor de un mar de hierba; y la empinada sierra de la Cordillera, inmensa e inmóvil, emergiendo del boscoso oleaje de las faldas, a modo de costa pelada que señalara la entrada en un país de gigantes.
Los rayos del poniente, al bañar las nevadas vertientes del Higuerota, le daban un aspecto de sonrosada juventud, mientras la aserrada masa de picos lejanos permanecía negra, como si la abrasadora radiación la hubiera calcinado.
