Nostromo
Nostromo El alcalde escuchó las noticias de la ciudad con el mismo interés e indiferencia que si perteneciera a otro mundo distinto del suyo. Y realmente le parecía así. En muy pocos años indios oprimidos y medio salvajes habían adquirido el sentimiento de pertenecer a una organización poderosa. Estaban orgullosos de la mina y apegados a ella; les había infundido confianza y fe. Atribuíanle una virtud protectora invencible, como si fuera un fetiche, obra de sus manos. Aunque en esto demostraban su ignorancia, no se diferenciaban mucho del resto de los hombres, que también suelen poner una confianza ilimitada en sus propias creaciones. Al alcalde no le cabía en la cabeza que la mina pudiera fallar en su protección y en su fuerza. La política era buena para la gente de la ciudad y del Campo. Con su cara redonda y amarilla, de amplias aberturas nasales y expresión inmóvil, semejante a una luna llena feroz, escuchaba la acalorada charla del mozo sin recelo, sorpresa ni emoción de ningún género.
El Padre Román permanecía sentado con aspecto abatido, balanceándose, un pie rozando el suelo y las manos asidas a los bordes de la hamaca. Menos confiado, pero tan ignorante de los sucesos políticos como su grey, preguntó al mayor qué trastornos sobrevendrían.