Nostromo
Nostromo Por entonces, en la Intendencia de Sulaco, adonde Pedrito Montero le había mandado presentarse, Carlos Gould aseguraba al hermano del general que por ninguna razón ni pretexto consentiría que la mina saliera de sus manos para beneficiar al gobierno que se la hubiera robado. La Concesión Gould no podía revertir al poder público sino en caso de libre entrega hecha por el dueño. Su padre no la había adquirido; pero, ya que se le obligó a aceptarla, el hijo no la entregaría. El no la entregaría, vivo, y, en muriendo él, ¿quién sería capaz de resucitar una empresa tan importante en todo su vigor y riqueza, sacándola de las cenizas y escombros? En el país no existía tal poder. Y ¿habría esperanzas de hallar en el extranjero gente de inteligencia y capital que se decidiera a tocar un cadáver de tan funestos augurios? Carlos Gould se expresaba con la fría impasibilidad que por muchos años le había servido para disimular su indignación y desprecio. Padecía; le repugnaba lo que tenía que decir. Los alardes de heroicidad no se avenían con su temperamento. En Gould el instinto estrictamente práctico estaba en profundo desacuerdo con la idea casi mística que se había formado de su derecho. La Concesión de su apellido era para él como el símbolo de la justicia abstracta. Aunque el firmamento se hundiera, él se mantendría firme.
