Nostromo
Nostromo Después que Nostromo salió nadando a tierra, había trepado, chorreando agua, hasta el cuadrángulo principal de la vieja fortaleza; y allí, entre arruinados trozos de murallas y restos podridos de techos y cobertizos, había dormido todo el día entero. Había dormido a la sombra de las montañas, bañado por la blanca luz de la luna, en la quietud y soledad de aquel terreno cubierto de maleza, situado entre el óvalo del puerto y el espacioso semicírculo del golfo. Reposó con la inmovilidad de un muerto. Un buitre de la especie llamada rey-zamuro apareció como una manchita negra en el azulado cielo y descendió describiendo prudentes círculos con un vuelo tan callado, que sorprendía en un ave de su tamaño. La sombra de su cuerpo gris perla y de sus alas negras en las puntas no cayó sobre la hierba más silenciosa que el ave misma al posarse sobre un montón de broza a tres metros del hombre, que yacía inerte como un cadáver. El buitre alargó su cuello desnudo y pelada cabeza, horrible en la brillantez de varios colores, con un aire de ansiosa voracidad, hacia la prometedora inmovilidad de aquel cuerpo postrado. Luego, sepultando profundamente la cabeza en su blando plumaje, se dispuso a esperar. El primer objeto en que se fijaron los ojos de Nostromo después de los primeros momentos de nebulosidad consciente que siguen a un prolongado y profundo sueño, fue este paciente centinela, en acecho de las señales de muerte y corrupción. Al levantarse el hombre, el buitre se alejó dando grandes saltos de lado y aleteando. Aguardó un poco, moroso y obstinado, antes de alzar el vuelo, girando calladamente, con el pico y garras colgando de una manera siniestra.
