Nostromo
Nostromo Imaginándose en un principio que podría ser atacado inmediatamente, había mandado a su batallón permanecer sobre las armas en la playa. En la habitación que ocupaba en la Aduana iba y venía de un extremo a otro, parándose a veces para morderse las uñas de la mano derecha con los ojos fijos en el piso, tristes y soslayados; y luego los alzaba echando alrededor una mirada hostil y sombría, y recomenzaba sus paseos en salvaje aislamiento. Había dejado sobre la mesa el sombrero, el látigo, la espada y el revólver. Sus oficiales, apiñados en la ventana que miraba a la puerta de la ciudad, se disputaban el uso de los gemelos de campo, comprados por su jefe a crédito el año anterior en el bazar de Anzani. Pasaban de mano en mano, y el último que los tenía por el momento en su poder era acosado por ansiosas preguntas.
—No hay nada; no hay nada que ver —repetía impaciente.