Nostromo

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CAPÍTULO X

La mañana del siguiente día pasó tranquilamente, sin otra novedad que el débil rumor de un tiroteo hacia el norte, en la dirección de Los Hatos.

El capitán Mitchell lo había oído con ansiedad desde su balcón. En la relación, más o menos estereotipada, de los «acontecimientos históricos», que en los años siguientes solía hacer a los distinguidos forasteros de paso por Sulaco, entraba indefectiblemente la siguiente frase: «En mi delicada posición de agente consular único en el puerto a la sazón, todo señor, todo me causaba gran inquietud». Después venía el sacar a cuento lo difícil que le era mantener la digna neutralidad de la bandera, «metido como estaba en el corazón de la lucha entre la arbitrariedad del pirata y vil Sotillo, y la tiranía, más legalmente establecida, pero no menos atroz de Su Excelencia don Pedro Montero». Aunque el capitán Mitchell no era hombre para extenderse mucho en hablar de meros peligros, insistía, no obstante, en que había sido un día memorable. En ese día, cerca del oscurecer, había visto «a ese pobre compañero mío, Nostromo, el marinero, cuyas singulares aptitudes descubrí y a quien puede decirse que formé yo mismo: el hombre del famoso viaje a Cayta, señor; un acontecimiento histórico, señor».


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