Nostromo
Nostromo Sulaco, a diferencia de Nostromo, que procedía con prudente lentitud en mejorar de fortuna, se enriquecía rápidamente con los tesoros escondidos en la tierra, rondados por los ansiosos espíritus del bien y del mal, y arrancados de las rocas por las manos laboriosas del pueblo. Era una especie de rejuvenecimiento, de reviviscencia, llena de promesas, de inquietudes de movimiento; una exuberancia pródiga que dispersaba su riqueza por los cuatro ángulos de un mundo ávido. Cambios materiales sobrevinieron con el desenvolvimiento de los intereses materiales. Y otros cambios más sutiles, exteriormente inadvertidos, dejaron sentir su influencia en los espíritus y corazones de los obreros.
El capitán Mitchell había regresado a su país, entregándose, a gozar de sus ahorros, puestos en obligaciones de la mina de Santo Tomé, y el doctor Monygham, envejecido y canoso, conservaba inalterable la expresión de su rostro y seguía viviendo del tesoro inagotable de su tierna afección, guardada en el secreto de su corazón como un acopio de riqueza prohibida.
