Nostromo
Nostromo Nostromo había ido enriqueciendo con suma lentitud; pero era sólo un efecto de su prudencia. Ni aun en las circunstancias más anormales y trastornadoras perdía el dominio de sí mismo. Llegar a ser esclavo de un tesoro con plena conciencia de ello, es una ocurrencia rara y de gran eficacia para perturbar el juicio. El comportamiento de Nostromo tenía, además, por causa en gran parte la dificultad de dar a la riqueza, de que era dueño, una forma utilizable. El mero hecho de irla sacando de la isla poco a poco estaba rodeado de graves obstáculos a causa del peligro inminente de ser descubierto. Tenía que visitar secretamente la Gran Isabel entre sus viajes a lo largo de la costa, que eran la fuente ostensible de su fortuna. Hasta de la tripulación de su goleta necesitaba guarecerse, porque podían espiar los pasos ocultos de su temido capitán. No se atrevía a prolongar demasiado su permanencia en el puerto. No bien había descargado su goleta, emprendía a toda prisa otro viaje, recelando despertar sospechas aun con la demora de un solo día. A veces, después de invertir en la carga y descarga una semana o más, sólo podía hacer una visita al tesoro, y el resultado de ella era un par de lingotes. Nada más. El temor de ver sorprendido su secreto le atormentaba tanto como la necesidad de proceder con tarda y recelosa cautela. Hacer las cosas furtivamente le humillaba, y, sobre todo, padecía por tener su pensamiento concentrado en el tesoro.
